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Entre Los Tres Mosqueteros y El Eternauta

Hace unos dias, creo que un sábado por la mañana, mi esposa me llamó desde el jardín a la voz de, “¡vení mirá, un milagro!”.

“¿Qué pasa?”, le pregunté sin darme cuenta de qué ocurría.

“Mirá”, repitió cuando llegué al jardín mientras me señalaba la calle, “¿no te parece un milagro?”. Ahí nomás, se apareció ante mis ojos algo que, por no verlo hace tiempo, no había registrado.

Allí, en medio de la calle, cinco pibitos de nueve o diez años jugaban a la pelota. Si bien no era una “Pulpo”-era una N°5-, los pibes le daban a la de cuero igual que nosotros en aquel tiempo y con los mismos cuidados: “boludo, tené cuidado que no se vaya a la zanja”.

Un rato después, al mediodía, los purretes descansaban bajo la sombra de un árbol. Cuatro sentados en el cordón de la vereda y uno parado a un costado de ellos, con la pelota bajo uno de sus pies. Mientras los contemplaba, tuve la sensación de estar viendo una foto sin tiempo. El retrato de los compañeros de esa escuela tan o más importante que fue para nosotros, la calle.

En ella, junto a los miles de picados, el hoyo pelota, la escondida, y demás juegos, fuimos construyendo nuestras amistades de hoy, fuimos conociendo el mundo.

Porque, en suma, “tener calle”, no era otra cosa que eso, tener, conocer el mundo. Aprender de sus peligros y ventajas, de sus goces y disfrutes, de sus amarguras.

No en vano, cuando a alguno le va mal en algún asunto -o lo cagan, bah-solemos decir, “le falta calle”, “no tiene asfalto”. Lo mismo que decimos en el polo opuesto, cuando ese “uno”, se manda una trastada y nos deja en banda.

En este ultimo caso, porque el tipo ha trasgredido ese manual que también se aprende en el afuera, el que tiene que ver con lo solidario, con el prójimo. Porque es cierto aquello de que “la calle es dura” o “está dura”. Pero, lo que antes llamábamos “tener códigos”, era un manual de convivencia, de ayuda mutua.

Pero ojo, no confundir esto con la mera supervivencia, con el zafar de una situación difícil o peligrosa, como parece entenderse hoy - con un reduccionismo extremo- limitándolo solamente al conservar la vida. Al contrario, esos códigos, tenían como objeto el mejorarla. Desde “pequeñeces” tales como darle el asiento a una embarazada, o el “que tenga un buen día”, hasta otras -esas que llamamos “gauchadas” o “dar una mano”-, como juntarse con los vecinos para llenar una losa, o preguntarle al otro, “perdón, sin ánimo de ofender ¿no me aceptaría unos pesos? Me los devuelve cuando pueda”.

Quizás por eso, aunque parezca simplista, el ver a esos cinco pibes jugando a la pelota en la calle en vez de encerrados en sus casas metidos en la compu, movilizó mis esperanzas y las de mi “Negra”.

 

Estoy cansado de escuchar a los que critican con temor esta nueva costumbre de los pibes. Porque lo hacen, desde el lugar del miedo a los riesgos que correrán cuando salgan a la calle. Porque, como es lógico, les preocupa que nadie los lastime, que nadie los toque. Si alguien pudiera asegurarles que nada les va a pasar, se quedarían tranquilos, mientras sus pibes siguen metidos en la compu. Del otro costado, nada. Porque el vínculo, las relaciones, con ese “otro” llamado “prójimo”, son también algo que te “pasa”.

 

Los cinco pibes de mi cuadra que, desde aquel día, no han parado de jugar al fútbol en la calle, irán creciendo entre los peligros y las bondades del afuera. Aprenderán a defenderse y a ayudarse entre sí y entre otros “sí”. Como los de otras cuadras que se han ido sumando a este picado callejero y que, junto al disfrute del fóbal, van diciendo desde, “cuidado, auto” hasta, “paren, que pasa doña María”.

 

Así, estos pibes se irán preparando para sortear un peligro mayor que los secuestros express, el balazo que te peguen para afanarte las zapatillas o cualquiera de los aparentemente únicos, el de cuidar su propio trasero, el de encerrarse en su vida sin que les importe lo que le pasa al otro o a los otros.

Por eso los llamo “Los cinco mosqueteros”. Porque aprenderán aquello de “uno para todos y todos para uno”. O en todo caso, podrán hacer suyo el prefacio del “Eternauta”, esa inmensa obra de Héctor G. Oesterheld:

“…El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe “en grupo”, nunca el héroe individual, el héroe solo.” (19-08-18)

2018-08-22

Por Ricardo Veiga