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Do re mi … en humo

El espeso y asfixiante humo que empuja el viento norte, proveniente de aquel inmenso mar verde, pulmón del mundo, la selva amazónica; aquí tenemos a su hermana menor en el Gran Chaco argentino, el Impenetrable.

Salvaje como hembra en celo,  arde desde hace más de tres días. Se dificulta mi lento andar. Chillan las ruedas del viejo sulky. El olor a madera y pasto quemados hieren las fosas nasales. Se sobresalta el zaino que tira al liviano carro. Un grupo de pequeños monitos escapan junto a diferentes aves de aquel infierno dantesco.

    Con mis ojos irritados, mareados y perdidos como turco en la neblina, reconozco el camino central, con sus  trozos enormes de tierra mostrando las huellas profundas como enormes heridas, que  en su tránsito dejan los vehículos al dirigirse al pueblo(, )regalando polvo a los descuidados. Veo un poco mejor el cielo iluminado por el sol abrazador, veo a la distancia un pequeño rancho. Me acerco,  las gallinas se espantan cacareando alborotadas.

    Le digo a mi fiel y fuerte  zaino ¡alto! Este clava sus patas hundiendo sus herraduras delanteras a la tierra. Bajo del sulky, tomo las riendas y en un abrazo envolvente cual serpiente que se enrolla en los tobillos de cualquier ser vivo, las cuelgo en el poste, así me aseguro  que no se ahuyente el noble potro. Larga es mi mirada hasta toparme con la humilde y pequeña vivienda. Con paso lento, voy por el sendero mitad ladrillos, mitad tierra y pasto,  acercándome  a la  choza. Oteo al interior de la misma desde cierta altura del terreno que rodea a un manantial, donde se miran  entre sí las esbeltas palmeras. Un perro flaco y manso con mirada indiferente  se rasca sus costillas. Me aproximo con cuidado, miro por una hendija de la ventana  sorprendiéndome.

   En el rincón de lo que parece ser una cocina, descubro dos siluetas sentadas, una muy cerca de la otra. Un joven hombre  sentado al lado de una mujer compartiendo, aparentemente, la única banqueta de madera. Parecen  llevarse muy poca diferencia de edad. Me imagino que son pareja.  Los dos están con sus miradas extraviadas. Perdidas en lo profundo del espacio y de sus pensamientos. Ella mira hacia el sendero exterior, como al horizonte. Él, cabizbajo, su mirada oblicua y descendente. Preocupados.  En tanto, el olor a pasto quemado baña el lugar.

    La muchacha, en patas desnudas, pisa sobre el piso de tierra. Un pie apoyado sobre el otro como si tuviera frío, o tal vez, vergüenza por su desnudez, y quisiera ocultarlo. Su mano derecha descansa sobre su rodilla. Con la otra se toma de la banqueta de madera, como aferrando algún sueño. Luce un largo y renegrido cabello que le caen del hombro al sencillo vestido adornado con un blanco cuello, que combina  con lo que parece, un largo  y liviano poncho rojo. Su cabeza levemente inclinada, como esperando…

    El paisanito, con pequeño sombrero alado y vestimenta oscura, mangas de camisa arremangadas  que no llegan a las muñecas, lo mismo sucede con su pantalón- que al decir de mi abuela: ”hay que bajarlos a tomar agua”-  porque las botamangas no tocan los tobillo  y ni los pies  alpargatas  color blanco. Su rostro ovalado y ojos achinados que muestran a sus ancestros Incas que supieron habitar, dicen, hasta la provincia de Santiago del Estero. Un mezquino bigotito ( casi pelusa) bordea su labio superior evidenciando su juventud, acentúa la sombra que cubre aquella expresión. Entre dos pares de piernas se lucen las tres patas de madera de la banqueta cómplice, de aquel  corto diálogo que se produjo entre ellos.

    -…Juana, tenés que comprender y aceptar nuestra triste realidad. Debemos dejar  el rancho. El incendio pronto nos va alcanzar. A no ser que el Tata Dios escuche nuestros ruegos, y haga que llueva.

    -¡Ya sabés Miguel lo que me cuesta desprenderme de éste lugar. ¡¡¡ He nacido aquí!!!  (Mientras acariciaba el lomo del  gato negro  que indiferente ronroneaba sobre sus rodillas).

    -¡¡¡ Y ese viento norte que no deja de soplar con fuerza, peor todavía, empuja pa’ estos lados a Satanás con todo sus infiernos!!! -Atormentado comenta Miguel-.

    -¡Sos mi marido y quien ahora manda aquí, pero eso no quiere decir que me olvide de todo el esfuerzo que mis padres y abuelos han puesto en este rancho, pa´ que la tierra ofrezca sus frutos! ¡Y tener que dejarlo de hoy pa’ mañana, eso me duele el alma, más sabiendo ya que viene un gurí en camino!

    -¡Tenés razón Juana!, pero ¿qué otra cosa nos queda por hacer? Si al menos en el cielo apareciera un avión hidrante pa’ ayudarnos, avivaría la esperanza, ¡¡¡ pero no hay caso!!!    

 La mirada de Juana se pierde en la nada misma, en tanto, con la punta del vestido se seca esas lágrimas  de impotencia y resignación, que escapan entre sus pestañas al tiempo que desde la radio a batería se escucha muy bajito la canción infantil -El juego del distraído-  ” Al don, al don, al don  pirulero, cada cual, cada cual, atiende su juego,  y el que no, el que no, una prenda tendrá”.

    A esa altura de la conversación y viendo el problema de la joven pareja, me dispuse a tocar la puerta y ver en qué puedo ayudar.

    A mis suaves y firmes  golpes, se abre la puerta de gruesa madera y escaso cuidado,  se nota por el rechinar de  las herrumbradas bisagras.  Ante mí  aparece el joven hombre de la casa, de estatura mediana y mirada inquisidora. Su mano derecha,  sostiene el cerrojo que traba la puerta por dentro. El sol que ingresa al interior ilumina el ambiente descubriendo un farol de noche colgado en la mitad del techo. Justo en el centro una mesa de madera cubierta por un mantel  de colores vivos, que pretendía adornar esa pobreza.

    -¡Buenas tardes! disculpe si interrumpo la conversación. Me llamo Ramón, -dije-.

    -Buenas tardes Don-Respondió Miguel,  apenas disimulando su fastidio-¿Qué se le ofrece?

    -Le cuento que hace unos cinco días que salí de Salta en dirección a Posadas. Y de paso me acerqué  pa’ saludar a Don Jacinto y  a la Matilde  que hace años no los veo, también pa’ descansar un poco, ya que el viaje y el incendio del Impenetrable  me agotaron; dá tristeza mire Ud. ¡¡¡Tanta pérdida!!!

    - Así es - Responde Miguel, que continúa -Mire don Ramón, mis suegros fallecieron hace  tiempo.  Yo soy el marido de Juana y quien está a cargo ahora de todo. Así que si gusta pasar, pase nomás.

    Con agilidad  me  introduje al interior de la vivienda, aceptando de ese modo la invitación de Miguel, quien llama a Juana, compungida aún, saluda y rápidamente va a preparar unos mates amargos acompañados con tortas fritas.

    -Me sincero una vez más con Uds. -les dije- (en tanto Juana me ofrece el mate, luego que tomara su marido).  Al acercarme a la vivienda para llamar a Don Jacinto y sin saber de su muerte,  involuntariamente escuché la conversación. Veo que la situación por la que atraviesan es muy difícil. Creo que en el Martin Fierro Hernández dice… ”vaca que cambia querencia, se atrasa en la parición…”.  Aquí no les dan otra salida por el momento, esa es una solución posible, deben dejar el rancho. Deben salvar  sus vidas y las de los pocos animales que les quedan, después se verá cómo se reconstruye todo. Tienen que pensar en el que se está gestando en el vientre de Juana - y reforzando mi opinión, agregué -  Como a día y medio de distancia me he cruzado con unos paisanos en tractores con remolque  para ayudar con las mudanzas a otras personas afectadas por el incendio de la selva chaqueña, igual que  ustedes. Es cuestión de decisión. Si así lo resuelven, les doy una mano preparando los bultos. Luego, en la espera para el  traslado necesitaría  descansar un poco -les dije-

    Observé cómo la joven pareja empalidecía. Tratando de recomponerse, Miguel  le pasa su brazo por el hombro a Juana. Ella se le abraza y ambos ahogados en sollozos asumen que deben abandonar ese lugar  que a ella la vio crecer y a  él le permitió proyectar su vida de hombre que buscaba descendencia con la seguridad del techo y trabajo propio.

    -Vamos  a ver dónde ir acomodando los cacharros y  envolviendo los pocos trapos que tenemos. Llevaremos lo imprescindible. La banqueta de madera encima de la mesa. La  dejaremos aquí nomás- dijo Miguel-  Necesitamos jaulas  pa’ proteger a  los animales de los saltos del camino durante el viaje.

    Juana con su mirada puesta en la polvorienta carretera seca sus lagrimas y como hipnotizada sonríe levemente, imaginando  a su bebé ya crecido en esa ronda de chicos sentados en la calle de tierra riendo con el cuenta cuentos, (que también fue parte de su infancia), quien con profundo amor a los niños les brindaba alegría por un breve tiempo, mostrando que en el mundo hay cosas lindas  y que se puede soñar sin doblar las rodillas ni agachar la cabeza.

    La joven mujer se estremece al escuchar la voz de su marido quien  indica que hay que apurar el ritmo de empaque de los trastos. Sale de su encantadora visión de futuro, comenzando la urgente tarea.

    En tanto aumenta ese olor particular de pasto, maderas y animales ardiendo. El aire  falta ante el avance del espeso humo empujado por el  viento norte y las llamaradas.

                                              

2019-10-12

Por Nelly Mendez